Testimonio de Beatriz Garrido Ruiz (una afectada)

 

Un Testimonio


Por Beatriz Garrido Ruiz.

Hola, me llamo Beatriz, tengo 34 años y padezco epilepsia de nacimiento. A los veinte dos días mi madre escuchó unas risas en el piso y, en un principio pensó en lo bien que se lo estaban pasando los vecinos y posteriormente, al darse cuenta de que era en el piso, se llevó una sorpresa al ver a su hija de tan corta edad riéndose.

Su primera reacción fue contárselo a mi abuela que en paz descanse, la cual le dijo que eso no tenía importancia, que es que yo era muy simpática. Y ahí quedó la cosa.

Yo seguía riéndome y la familia y conocidos pensando todos en lo graciosa que era, que me reía con nada. Claro: como que esas eran mis crisis.

Así pasé mi primer año de vida, pero mi madre observaba que cada vez que me reía apretaba los puñitos y me ponía roja, además de no gesticular con todo el rostro, pues cuando una persona se ríe lo hace también gesticula con todo el rostro. Fue así como a los dos años, mi madre se lo comentó al pediatra “las madres me traen a sus hijos porque lloran, pero porque se rían ninguna”. Con este poco tacto e incomprensión por parte del facultativo se enfrentó ella, hasta que al final le dio un volante para el neurólogo del hospital infantil.

Una vez allí, mis padres tuvieron que enfrentarse a la dura decisión de tener que separarse de mí durante un tiempo durante el cual permanecí ingresada en dicho hospital para que pudieran hacerme pruebas y diagnosticar de qué tipo de enfermedad se trataba pues no me diagnosticaron epilepsia hasta los 17 años, pero eso será después. Imaginaos cuanto dolor. Mi madre iba a visitarme cuando se lo permitían y lo más duro de todo eran las despedidas, cuando tenía que engañarme porque ya tenía que irse y no sabía como decírmelo y yo me ponía a llorar cuando veía que no venía.

Tras estos duros días, el diagnóstico fue crisis parciales complejas. Mi padre tiene una hermana esquizofrénica la cual estuvo oculta durante mucho tiempo y él lo tenía bien claro: si su hija tenía esa enfermedad, no iba a ocultarla como si se tratase de un apestado, al contrario siempre fui con mis padres y mi hermano a todos sitios con ellos, sobre todo en las vacaciones.

No sólo a esto tuvieron que enfrentarse mis padres pues, al estar cerca de la Hipófisis el foco, tuve lo que se denomina pubertad precoz. Así, cada vez que iba a la consulta del neurólogo (Dr. Rufo, Nieto Y sobre todo el doctor Correa), también asistía al endocrino quien me medía, me pesaba y me mandaba hacer una radiografía de la mano para veer si los huesos respondían bien y soportaban el peso de un cuerpo tan grande para mi edad.

Afortunadamente en el colegio nunca tuve problemas de rechazo ni con los estudios y a los 13 años terminé la EGB con la calificación media de bien. A los diez años tuve mi primera menstruación y mi endocrino, el dr. Del Valle, me dio el alta. Seguí acudiendo a la consulta de Neurología del Hospital Infantil hasta los 15 años. Fue entonces cuando me pasaron a Neurología del Centro de diagnóstico y Tratamiento con el Dr. Acilona, el cual me dijo que esto era epilepsia.

A los 17 años tuve que ingresar en Virgen del Rocío por una leucopenia severa producida por el tegretol. A raíz de la retirada de dicho tratamiento y la ingesta de Sabrilex , empecé a tener pensamientos forzados sobre temas que por dolorosos que me resultan paso a omitir.

Al terminar el Bachillerato y una vez superada la selectividad ingresé en la Escuela Universitaria de Estudios Empresariales. La falta de concentración, la convivencia con los pensamientos tan desagradables que tenía y que nadie sabía el por qué de ellos pero que me impedían llevar una vida normal, me hicieron abandonar dicho centro a los 22 años. Antes de ello, acudí a un psicoterapeuta, pero fue en vano: lo único que hizo fue llenarme la cabeza de tonterías y decirme que sólo si me echaba novio y terminaba acostándome con él se me quitarían todas las tonterías de la cabeza.

Cuando le comenté esto a mi madre, se acabó la terapia e, inmediatamente pedimos cita para el psiquiatra.

El tiempo pasaba y yo seguía con las ideas delirantes y sin amigos, tan sólo esporádicamente, pero no tuve pandilla formal hasta los 26 años. Durante todo este tiempo el psiquiatra fue mandándome medicación tras medicación sin que ninguna me hiciera efecto, hasta que a los 25 años, y ya en la consulta del Dr. Villalobos, éste me mandó Haloperidol, medicación que sigo tomando en la actualidad y que es de por vida.

En lo referente a mis estudios hice varios cursos de F.P.O relacionados con Administrativo: facturación, archivo, ordenadores… e incluso me saqué el título de FP1 de auxiliar de jardín de infancia a los 24 años y el de auxiliar administrativo a los 26 años. Con esta edad parecía que todo se formalizaba: ya tenía amigos, mis estudios y mi medicación que me lo controla lo de los pensamientos. Tardé un poco más en obtener el título de Técnico Superior en Administración y finanzas que terminé a la edad de 32 años, pues a los 28 dejé el 2º año por motivos que ahora no vienen a qué y me estuve preparando oposiciones que no llegaron nunca a nada.

Después de muchos años de vicisitudes, de soledad y de malos rollos, ahora soy administrativa de ÁPICE (gracias Charo, gracias a los que habéis confiado en mí y me habéis dado la oportunidad de sentirme realizada y parte de vosotros: os quiero), tengo mis amigas con quien salgo los fines de semana y voy dos días a la semana a clase de baile, salsa concretamente.

No se me han quitado del todo las crisis, pero de 20 diarias cuando tenía 8 años a 2ó 3 al mes va un abismo y aunque los pensamientos no se me han quitado del todo, estoy mucho mejor. Ahora mi vida está completa.

 

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